El español forma parte de nuestra vida cotidiana. Lo hablamos, lo escuchamos y lo escribimos constantemente, muchas veces sin preguntarnos por qué utilizamos determinadas palabras o expresiones, de dónde vienen o cómo llegaron hasta nosotros. La lengua parece algo que simplemente está ahí, disponible para comunicarnos con los demás.

Sin embargo, el español tiene una historia mucho más larga de lo que solemos imaginar. Detrás de las palabras que utilizamos existen otras épocas, otras formas de pensar y otras maneras de relacionarse. Algunas expresiones han cambiado con el paso del tiempo, mientras que otras han logrado permanecer durante generaciones.

Pero ¿qué hace que una lengua cambie? ¿Por qué algunas formas desaparecen mientras otras sobreviven durante siglos? ¿Cuánto de lo que hablamos actualmente hemos heredado de quienes nos precedieron y cuánto estamos transformando sin darnos cuenta?

Reflexionar sobre estas preguntas permite acercarnos al español no solo como una lengua que utilizamos para comunicarnos, sino también como una parte de nuestra historia y de nuestra vida en sociedad. Hablar una lengua significa recibir una herencia, utilizarla y, al mismo tiempo, participar en su transformación.

Una lengua que nos da identidad

El español no es solamente un conjunto de palabras y reglas gramaticales. Es una lengua que nos permite expresar quiénes somos, relacionarnos con los demás y formar parte de una comunidad, explicó la Dra. Concepción Company Company, investigadora emérita del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Desde que comenzamos a hablar, aprendemos palabras, pero también formas de expresar ideas, sentimientos, peticiones, bromas y maneras de relacionarnos con quienes nos rodean.

Aprendemos a hablar escuchando a nuestros padres, familiares, amigos, maestros y a las personas que forman parte de nuestro entorno. En ese proceso incorporamos expresiones y formas de comunicarnos que reflejan la cultura de nuestra comunidad. Algunas pasan de una generación a otra y otras se transforman con el tiempo, de acuerdo con las experiencias y necesidades de quienes las utilizan.

Por eso, la lengua nos convierte en seres históricos. “Ser históricos no significa únicamente conocer fechas o acontecimientos del pasado, sino recibir y transmitir hábitos, expresiones y formas de entender el mundo”. Al hablar, recibimos parte de esa herencia y, al mismo tiempo, contribuimos a modificarla y transmitirla.

En México tenemos expresiones, frases hechas, chistes, albures y palabras que reconocemos como propias, incluso cuando ya no conocemos completamente su origen. Estas formas de expresión hablan de nuestras experiencias compartidas y contribuyen a construir una identidad colectiva.

Pero la lengua no solo nos da identidad: también refleja la sociedad en la que vivimos. Su evolución está relacionada con los cambios políticos, religiosos, culturales, demográficos y sociales que atraviesan a las comunidades. Por eso, estudiar cómo hablamos permite observar también cómo nos relacionamos, qué consideramos apropiado, cómo expresamos respeto y cuáles son algunas de las tensiones de nuestra vida social.

Esa relación entre lengua, sociedad e historia puede observarse en investigaciones que siguen los cambios del español a través del tiempo. La Sintaxis histórica de la Lengua Española, dirigida por la Dra. Company y elaborada con la participación de numerosos investigadores, permite acercarse precisamente a esa dimensión histórica de la lengua.

Aunque se trata de una obra especializada, su importancia va más allá de la gramática: ayuda a comprender cómo el español ha cambiado junto con las sociedades que lo hablan.

La obra está formada por diez tomos, organizados en cuatro partes, sobre el estudio histórico de la sintaxis del español. La cuarta parte, presentada en 2026, consta de tres volúmenes. En ellos se analizan distintas construcciones y formas de organizar las oraciones, siguiendo sus cambios a través de diferentes periodos de la historia. Para hacerlo, los investigadores recurren a textos de distintas épocas y observan cómo determinadas formas aparecen, se modifican, adquieren nuevos usos o dejan de utilizarse.

Acercarse a estos diez tomos implica, por tanto, encontrarse con un español que no siempre funciona como el que conocemos actualmente. Algunas construcciones pueden resultar extrañas al principio, mientras que otras permiten reconocer formas que todavía utilizamos. Esa comparación ayuda a entender que la gramática que hoy consideramos normal también tiene una historia y que muchas de sus características fueron resultado de cambios que, en su momento, probablemente pasaron inadvertidos para quienes los estaban produciendo.

La importancia de una investigación de este tipo está precisamente en ampliar la manera en que entendemos el español. La historia de una lengua no se encuentra únicamente en las palabras que cambian de significado; también está en la manera en que construimos las frases, expresamos relaciones entre las ideas y utilizamos determinadas estructuras para comunicarnos. La Sintaxis Histórica de la Lengua Española permite seguir esas transformaciones y ofrece herramientas para estudiar el español como una lengua en movimiento, pero también como una lengua en la que muchas formas han logrado permanecer durante siglos.

Más que presentar una lengua antigua separada de la que hablamos hoy, la obra permite reconocer la continuidad entre distintos momentos del español. Leer algunos de sus ejemplos puede hacer visible algo que normalmente no advertimos: cuando hablamos, utilizamos estructuras que vienen de muy atrás, junto con otras que son producto de transformaciones relativamente recientes. En ese sentido, acercarse a la Sintaxis Histórica de la Lengua Española puede ser también una forma de mirar el español cotidiano desde otra perspectiva.

Cambia el español, pero muy lentamente

Esa convivencia entre lo que permanece y lo que cambia lleva a una pregunta fundamental: ¿cómo se producen las transformaciones de una lengua?

Una de las ideas más interesantes de la obra que guio la Dra. Concepción Company es que los hablantes somos bastante conservadores. No solemos levantarnos cada mañana con la intención de modificar el español. Al contrario, utilizamos las formas que ya conocemos porque nos permiten comunicarnos con los demás y sentirnos parte de una comunidad.

Los cambios lingüísticos que se han producido a lo largo de la historia suelen comenzar de manera mucho menos evidente: con pequeños deslices, reinterpretaciones o innovaciones que realiza un hablante sin proponérselo. Si otras personas adoptan esa forma y la transmiten, puede llegar a convertirse en una característica común de la lengua. Así, algo que comenzó como una variación puede terminar siendo completamente normal después de varias generaciones.

Los cambios en el significado de las palabras permiten observar este proceso. Muchas palabras y expresiones que utilizamos diariamente tienen significados u orígenes que ya no reconocemos, explicó la investigadora emérita de la UNAM.

Un ejemplo es “sendos”, cuyo sentido tradicional es distributivo: uno para cada una de las personas o cosas mencionadas. Sin embargo, en el habla popular de diversas zonas de América también se han desarrollado usos relacionados con algo muy grande o extraordinario.

Algo parecido sucede con “adiós”. Actualmente lo utilizamos simplemente como una despedida, pero su origen está relacionado con antiguas fórmulas en las que se encomendaba a una persona a Dios. Con el paso del tiempo, la expresión perdió esa asociación y se convirtió en una fórmula cotidiana.

También ocurre con “saludos cordiales”. Actualmente puede aparecer automáticamente al final de un correo o una carta, sin que pensemos en el origen de la palabra. Como explicó la Dra. Company, “cordial” está relacionada etimológicamente con el corazón y expresa afecto o buena voluntad hacia la persona a quien va dirigido el saludo.

Estos ejemplos muestran cómo las palabras conservan huellas de la historia, aunque los hablantes ya no seamos conscientes de ellas. También muestran que el cambio lingüístico no necesariamente implica una ruptura: muchas veces consiste en tomar una forma que ya existe, utilizarla de otra manera y transmitir ese nuevo uso hasta que termina formando parte de la lengua.

Las nuevas tecnologías y el español

Ese proceso de adaptación también puede observarse en las nuevas formas de comunicación. En los chats y las redes sociales se han generado nuevas maneras de escribir. Abreviaturas, símbolos y mensajes muy breves forman parte de una comunicación que busca principalmente la rapidez.

Sin embargo, no necesariamente debemos pensar que estas formas están destruyendo el español. A lo largo de la historia también han existido maneras de escribir rápidamente. En documentos jurídicos y administrativos de siglos anteriores, por ejemplo, se utilizaban numerosas abreviaturas para agilizar la elaboración y transmisión de documentos.

Por eso, las formas de comunicación de las redes pueden entenderse como códigos utilizados para una situación específica. El hecho de que escribamos de una manera en un chat no significa necesariamente que vayamos a hablar de la misma forma en nuestra vida cotidiana.

La comparación con el pasado permite, además, entender que la tecnología no representa necesariamente una ruptura con la historia de la lengua. Cambian los medios y las necesidades de comunicación, pero permanece la capacidad de los hablantes para adaptar las formas lingüísticas a cada situación.

Entonces, ¿podemos cambiar conscientemente el español?

La pregunta es distinta cuando la transformación no surge de manera espontánea, sino de una decisión consciente.

No todos los cambios lingüísticos ocurren de la misma manera. Actualmente existen propuestas conscientes, como algunas formas del lenguaje incluyente, entre ellas “todes” o “nosotres”. Estas propuestas buscan modificar determinadas estructuras del español por razones sociales y culturales.

Desde la perspectiva de la Dra. Company, para que una innovación llegue a consolidarse tendría que ser adoptada ampliamente por los hablantes y transmitida a las siguientes generaciones. La historia del español muestra que los cambios conscientes no son los más habituales. La lengua suele transformarse de manera gradual, mediante el uso cotidiano de millones de personas.

Esto permite distinguir entre la intención de cambiar una lengua y el hecho de que una innovación llegue realmente a formar parte de ella. Una propuesta puede surgir de manera deliberada, pero su permanencia dependerá de lo que hagan los hablantes con ella a lo largo del tiempo.

Una lengua que resiste

Y es precisamente esa combinación de cambio y permanencia la que permite entender otra característica del español: su capacidad de resistir.

Una de las conclusiones que destaca la Dra. Concepción Company tras décadas de estudiar la historia del español es descubrir cuánto se ha conservado. Aunque nuestra manera de hablar ha cambiado, todavía podemos reconocer y comprender, con cierto entrenamiento, textos escritos hace muchos siglos.

Esto ocurre porque necesitamos conservar un código común. Si cada generación modificara completamente la lengua, sería muy difícil comunicarnos con los demás. Por eso los hablantes somos, al mismo tiempo, conservadores y creativos: conservamos gran parte de lo que recibimos, pero realizamos pequeñas modificaciones que permiten que la lengua continúe funcionando.

Esa tensión entre conservación y cambio explica, en buena medida, la continuidad del español. Las formas lingüísticas pueden transformarse, desaparecer o adquirir nuevos significados, pero una gran parte del sistema permanece lo suficientemente estable como para que distintas generaciones puedan reconocerse en una misma lengua.

Una lengua que seguimos construyendo

El español que hablamos hoy es el resultado de cientos de pequeñas transformaciones acumuladas durante siglos. Algunas fueron conscientes, pero muchas comenzaron como simples deslices o reinterpretaciones que terminaron extendiéndose entre los hablantes.

Por eso, nuestra relación con el español no consiste únicamente en recibir una lengua ya terminada. La heredamos, la conservamos y también participamos, aunque lentamente, en su transformación. Cada vez que hablamos, escribimos, creamos una expresión o adoptamos una nueva forma de comunicarnos, contribuimos, aunque sea mínimamente, a su historia.

El español, entonces, no es una lengua detenida en el pasado ni una lengua que cambia de un día para otro. Es una herencia que recibimos, utilizamos y modificamos mientras la transmitimos a quienes vendrán después. En cada palabra que conservamos y en cada forma nueva que incorporamos permanece algo de esa historia que comenzó mucho antes que nosotros y que, sin darnos cuenta, seguimos construyendo.

Fuente: Revista Global UNAM/Pepe Herrera

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