por Axel Uriel Gaspar Cruz
Durante décadas, la Selección Mexicana ha convivido con la etiqueta de ser un equipo competitivo, pero incapaz de dar el salto definitivo en las Copas del Mundo. Mundial tras mundial, el Tricolor acostumbró a su afición a avanzar con dificultades o a quedarse cerca de romper barreras históricas. Sin embargo, la presente edición del torneo ha comenzado a escribir una historia distinta, una que hoy tiene como símbolo una contundente victoria de 3-0 sobre Chequia y un inédito paso perfecto en la fase de grupos.
El camino comenzó con un sólido triunfo de 2-0 frente a Sudáfrica, resultado que permitió al conjunto nacional iniciar con confianza su participación como anfitrión. Días después, México volvió a demostrar orden y disciplina táctica al imponerse por la mínima diferencia, 1-0, sobre Corea del Sur, consolidando una defensa prácticamente infranqueable y mostrando que podía ganar incluso en partidos cerrados y de alta exigencia.
La confirmación de ese buen momento llegó frente a Chequia. Con una actuación convincente, dinámica y eficaz, el Tricolor goleó 3-0 al conjunto europeo y cerró la fase de grupos con nueve puntos de nueve posibles, sin recibir anotaciones y dejando una imagen de autoridad pocas veces vista en la historia reciente del fútbol mexicano. Más que una victoria, el encuentro representó la consolidación de un proyecto que ha sabido combinar solidez defensiva con contundencia ofensiva.
El resultado adquiere un significado todavía mayor al analizar los antecedentes mundialistas de la selección nacional. A lo largo de su historia, México había protagonizado actuaciones memorables e incluso liderado grupos complicados, pero nunca había conseguido ganar sus tres partidos en una fase de grupos de una Copa del Mundo. Esa barrera finalmente fue derribada por una generación que ya comenzó a escribir su propio capítulo en los libros del fútbol mexicano.
Otro aspecto que ha llamado la atención durante el torneo es el protagonismo de futbolistas con raíces en las Chivas de Guadalajara. Buena parte de los goles, asistencias y jugadas determinantes del equipo han sido protagonizadas por jugadores formados en la cantera rojiblanca o que consolidaron parte de su desarrollo deportivo en el club tapatío, reflejando la influencia que dicha institución ha tenido en el presente de la selección nacional.
En la zona defensiva, el desempeño de Raúl “Tala” Rangel también merece una mención especial. El guardameta ha completado la fase de grupos con su arco invicto, convirtiéndose en una de las piezas fundamentales del esquema mexicano y aportando seguridad en momentos clave. Su actuación ha sido determinante para que el Tricolor concluya esta primera etapa sin recibir goles, una estadística que fortalece la confianza del equipo de cara a la ronda eliminatoria.
Más allá de las cifras y de los récords conseguidos, este arranque mundialista enciende una reflexión que trasciende el terreno de juego. Durante años, el discurso futbolístico ha colocado a las grandes selecciones europeas como rivales prácticamente inalcanzables para México, alimentando una percepción de inferioridad que muchas veces también se instaló entre la propia afición.
Lo ocurrido en esta fase de grupos no garantiza un campeonato ni asegura un desenlace histórico, pero sí abre una puerta distinta: la posibilidad de volver a creer. Creer que el fútbol mexicano puede competir al más alto nivel, que puede mirar de frente a las potencias tradicionales y que está en condiciones de disputar los partidos de tú a tú sin complejos ni resignación.
Porque quizá el mayor triunfo de esta selección no sea únicamente haber ganado tres partidos consecutivos o haber firmado un paso perfecto. Tal vez su mayor logro sea haber despertado nuevamente una ilusión que parecía dormida en millones de aficionados. Y es precisamente esa ilusión la que hoy resume el sentir de todo un país en una sola pregunta: ¿Y si sí?

