- Por Axel Uriel Gaspar Cruz
Hace tiempo que la conquista dejó de necesitar barcos, armaduras o pólvora. Hoy le basta con instalarse en el lenguaje, en los discursos y en la manera en que América Latina aprende a pensarse a sí misma.
Las recientes declaraciones del cantante puertorriqueño Arcángel en un concierto realizado en España, afirmando que ese país no le debe disculpas a nadie porque “trajeron las calles, las escuelas e iglesias”, no deberían verse únicamente como una polémica pasajera de redes sociales. Mucho menos en el contexto que, casi al mismo tiempo, Isabel Díaz Ayuso declaró que «México no existió hasta la llegada de los españoles”. Ambas afirmaciones comparten algo más profundo que la simple ignorancia histórica: revelan la permanencia de un pensamiento colonial que todavía intenta reducir la historia latinoamericana a una especie de favor civilizatorio europeo.
Quizá ahí se encuentra uno de los mayores triunfos de la colonización, el haber convencido a varios latinos de que debían sentirse agradecidos por haber sido conquistados. Resulta de una ironía dolorosa que, sea precisamente alguien como Arcángel quien valide este discurso, ignorando que proviene de un Puerto Rico, un país que hasta el día de hoy sigue padeciendo el intervencionismo y la subordinación colonial frente a Estados Unidos.
Durante siglos se nos enseñó que antes de Europa solamente existía barbarie. Como si América Latina hubiera sido un territorio vacío de pensamiento, cultura o civilización hasta la llegada del conquistador. Sin embargo, mucho antes de la invasión europea ya existían pueblos con sistemas políticos complejos, formas propias de espiritualidad, conocimientos astronómicos, arquitectura, medicina y maneras particulares de comprender el mundo. Lo que ocurrió con la conquista no fue el nacimiento de América Latina, sino la imposición violenta de una visión del mundo sobre otras que ya existían.
Por eso el problema actual no pasa realmente por exigir disculpas quinientos años después. Reducir toda la discusión histórica a un “perdón” institucional termina simplificando algo mucho más profundo. El verdadero debate debería centrarse en cómo el discurso colonial sigue operando en el presente, especialmente cuando todavía existen voces que normalizan la conquista como si hubiese sido un acto de progreso y no también un proceso de despojo, sometimiento y eliminación cultural.
Lo preocupante es que este discurso no solamente sobrevive en ciertos sectores conservadores europeos; también ha comenzado a reproducirse con fuerza dentro de América Latina. Existe una nueva narrativa política que intenta vender el eurocentrismo como modernidad y la subordinación cultural como sentido común. Bajo esa lógica, cuestionar la conquista parece resentimiento, mientras defenderla se presenta como racionalidad histórica.
Es precisamente ahí donde América Latina necesita recuperar algo que durante mucho tiempo se le negó: la capacidad de pensarse desde sí misma.
No para caer en nacionalismos vacíos ni resentimientos eternos, sino para entender que ningún pueblo puede construir dignamente su futuro mientras siga viendo su propia historia desde los ojos del conquistador.
Porque el pensamiento colonial nunca desapareció; solamente cambió de forma. Hoy ya no siempre llega en nombre de imperios europeos, sino también a través de discursos políticos, intereses extranjeros e incluso narrativas intervencionistas que constantemente ponen en duda la soberanía latinoamericana. México lo vive todos los días frente a las presiones de Estados Unidos y frente a sectores que llegan incluso a pedir intervención extranjera como solución política, ignorando que históricamente cada intervención en América Latina ha terminado debilitando la autonomía y la dignidad de sus pueblos.
Tal vez el verdadero problema de nuestra región no sea solamente económico o político, sino profundamente cultural. Mientras América Latina siga justificando su propia subordinación o minimizando la violencia histórica que la atravesó, la conquista seguirá ocurriendo.
Aunque ahora ya no llegue en barcos.

