Eso que llaman amor
El 14 de febrero fue un día de flores, corazones, abrazos, besos, “Día del Amor”, le llaman y el comercio formal e informal hace su agosto con los regalos; los cafés, los restaurantes, los parques se llenan de parejas que celebran eso que llaman amor.
Pero frente a esta celebración donde todo se pinta color de rosa, para los escépticos surgen las preguntas: ¿Qué es el amor? ¿Realmente existe amor en la humanidad? ¿Cómo hablar de amor cuando el odio parece dominar el mundo?
Empecemos con la primera pregunta: ¿qué es el amor?
Tanto los filósofos griegos, como los dos grandes filósofos de la Edad Media coinciden en identificar el amor como una tendencia hacia lo bueno. Para Aristóteles los que se aman se desean el bien, para Platón el amor es la búsqueda de la belleza más allá de lo material, en tanto que Tomás de Aquino considera que el amor es fruto del conocimiento de la bondad y Agustín de Hipona lo identifica con los divino, el hombre tiende hacia Dios porque él es el amor.
Todos coinciden en considerar el amor como la búsqueda de lo bueno, del bien, de la bondad. El problema surge cuando nos preguntamos: ¿qué es lo bueno, dónde está el bien?
Aquí es en donde se confunde amor con deseo y deseo con pasión. Pensar así es olvidar que hay diferentes tipos de amor. No es el mismo amor el que creen tener dos personas que inician una relación que el que vive una pareja a lo largo de los años.
Pero, además, el amor de pareja no es el único tipo de amor que existe. Hay el amor que los padres sienten por sus hijos, el amor de éstos hacia los padres, el que existe entre abuelos y nietos, el amor por la ciencia, el amor al arte y un largo etcétera.
En todos se da el deseo del bien; por esto, el filósofo alemán Max Sheller afirma que el amor es una tendencia a buscar aquello que nos hace bien.
Pablo de Tarso, en su segunda carta a los cristianos de Corinto resume lo que para él son las características del amor. Reproduzco el texto tal como viene en el Nuevo Testamento de la Biblia:
“El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca.”
El texto es breve, pero describe lo que Pablo considera las características del amor. Inicia calificando al amor como un camino hacia la paz, es benigno, apacible; De ese sentido de amor como fuente de paz, de bondad, el apóstol describe las virtudes que llevan a esa paz: sencillez (“no tiene envidia, no presume, no se engríe”); entrega (“no es indecoroso ni egoísta”); paciencia (“Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”); perdón (“no lleva cuentas del mal”); justicia (“no se alegra con la injusticia”); honestidad (“goza con la verdad”); constancia (“el amor no pasa nunca”).
¿Realmente existe amor en la humanidad?
Así pues, como lo pinta Pablo de Tarso, el amor no es cosa fácil; pero hay un sinnúmero de testimonios de que el amor, en cualquiera de sus dimensiones realmente existe y no sólo son matrimonios felices después de 40, 50 ó 60 años; es amor también el de quienes dan su vida por la justicia, los que se arriesgan al peligro para defender al marginado, al oprimido; los que sin esperar nada a cambio velan con el enfermo, visitan al preso, alzan la voz por los perseguidos. En fin, sí hay amor en la humanidad.
Sin embargo, la cultura del consumo en que vivimos, obra del sistema capitalista, reduce al amor a un momento de ternura, de posesión, de placer. NO digo que el placer sea malo; por el contrario, forma parte del amor como camino hacia el bien; pero reducir el amor al placer o a un regalo, a un festival, es despojarlo de su riqueza humana, su entrega, su constancia, su sed de justicia; porque el amor es el carácter de lo humano y de lo divino.
¿Cómo hablar de amor cuando el odio parece dominar el mundo?
Esta pregunta tiene sentido en el momento histórico que se vive en el mundo.
Son tiempos de guerra en Europa Oriental, en Asia, en el Medio Oriente, en África; son tiempos de inseguridad en el mundo y no sólo en nuestro país; son tiempos de dictadura donde parecía ser la tierra de la libertad, la democracia y la justicia, tiempos de persecución de los que el dictador blanco considera delincuentes por ir a trabajar a su país.
Son tiempos en que quien se considera la mayor potencia del mundo busca matar de hambre a un pueblo que hace 67 años decidió que su futuro no estaba vinculado al país poderosos del norte y desde entonces ha sido víctima del más cruel bloqueo de que se tenga historia.
Son tiempos donde las bandas delincuenciales buscan a niños y adolescentes para entrenarlos en el odio, la crueldad, la barbarie; son tiempos en que se va sembrando en la conciencia de las nuevas generaciones que matar es normal.
Frente a esta realidad innegable es que surge la pregunta: ¿hablar de amor cuando el odio domina el mundo?
Sí, no sólo hay que hablar de amor, hay que educar para el amor. Muchas familias están perdiendo el valor de lo humano, porque el amor es una parte esencial de la humanidad. el amor es la base para construir una familia feliz, solidaria, capaz de tender la mano a sus semejantes. Cuando la escuela basa su sistema educativo en la competencia y no en la solidaridad mutila lo humano; cuando las iglesias olvidan que el mandamiento no es sólo amar a Dios, sino amar al prójimo, reducen la religión al culto y no a la praxis; cuando un gobierno se cobija con el manto de la corrupción y de la impunidad, está enseñando a los ciudadanos que el egoísmo es el camino del triunfo.
No basta decir “feliz día del amor y la amistad”, la familia, la comunidad, la niñez, la juventud, el mundo están necesitados de que la humanidad vuelva a vivir el amor, porque es el amor el que nos hace verdaderos seres humanos.