Comer trabajando: la alimentación también se decide en el mundo laboral

Comer trabajando: la alimentación                                       también se decide en el mundo laboral
  • Publishedjunio 24, 2026

Jornadas extensas, traslados largos, informalidad, falta de pausas y ausencia de espacios dignos para comer muestran que la desigualdad alimentaria no se explica solo por el ingreso: también se produce en los entornos de trabajo.

Durante mucho tiempo, la alimentación se ha pensado desde el hogar: qué se compra, qué se cocina, quién come con quién y cómo se distribuyen los alimentos entre los integrantes de una familia. Sin embargo, en ciudades como la de México, donde millones de personas pasan buena parte del día fuera de casa, el trabajo se convierte en un espacio decisivo para entender qué, cuándo, dónde y con quién se come.

La conferencia “Comer trabajando: repensar la alimentación a partir de los mundos laborales”, impartida por Tiana Bakić Hayden, investigadora del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México, planteó una pregunta central para los estudios sociales de la alimentación: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar únicamente el hogar y observamos las prácticas alimentarias desde los espacios laborales?

La respuesta abre una perspectiva amplia. La desigualdad alimentaria no depende solamente del dinero disponible. También está atravesada por los horarios de trabajo, los tiempos de traslado, el tipo de empleo, la posibilidad de hacer pausas, la existencia o ausencia de un lugar para comer, las relaciones sociales en el trabajo y los entornos urbanos donde se desarrolla la jornada.

“Este trabajo es sobre cómo podemos entender las desigualdades alimentarias en relación no solamente con la cuestión del ingreso, que suele ser en lo que principalmente nos fijamos cuando hablamos de esto, sino también en los tipos de trabajo a los cuales se dedican las personas”, explicó Bakić Hayden.

Salir del hogar para entender cómo comemos

La investigadora partió de una crítica metodológica: las encuestas y muchas investigaciones suelen tomar al hogar como unidad principal para medir seguridad alimentaria, gasto e ingreso. Esa mirada permite conocer aspectos importantes, pero también puede ocultar diferencias internas.

Un mismo hogar puede integrar personas con rutinas alimentarias completamente distintas. Un trabajador que pasa diez o doce horas fuera de casa puede comprar alimentos dos o tres veces al día; una trabajadora del hogar puede comer en la casa de sus empleadores; niñas y niños pueden alimentarse en la escuela o comprar comida en la calle. Aunque todos pertenezcan al mismo hogar, sus experiencias alimentarias no son equivalentes.

Para Bakić Hayden, mirar el trabajo permite observar dimensiones que suelen quedar fuera cuando se asume que la alimentación se organiza principalmente en el espacio doméstico. “Diferentes trabajos pueden tener diferentes implicaciones alimentarias y es importante contemplarlas para tener una comprensión más completa del contexto alimentario actual”, señaló.

El trabajo, subrayó, no es solo una actividad económica. También es un espacio social donde se forman rutinas, gustos, normas, relaciones y formas de convivencia. Por eso, los mundos laborales no solo determinan el ingreso: también modelan el cuerpo, el tiempo y las posibilidades cotidianas de alimentarse.

Comer de prisa, comer solo, comer donde se pueda

La investigación cualitativa presentada por la académica se basa en entrevistas y observación con distintos grupos de trabajadores de bajos ingresos en la Ciudad de México: albañiles, trabajadoras del hogar, personas dedicadas a la limpieza del espacio público, transportistas y, en una etapa aún en proceso, cargadores y diableros.

Aunque comparten condiciones económicas precarias o informalizadas, sus formas de comer son muy distintas. En el caso de los albañiles, por ejemplo, la comida suele estar más organizada alrededor de una pausa colectiva. En muchas obras se respeta una hora de comida y los trabajadores comen juntos en mesas improvisadas, en el suelo o en espacios apropiados dentro de la construcción. Ahí se comparten tortillas, refrescos, guisados llevados desde casa o alimentos comprados cerca de la obra.

En cambio, las trabajadoras del hogar viven una relación más ambigua con la comida. Al trabajar en casas donde hay cocinas y alimentos, suelen gastar menos fuera, pero también enfrentan restricciones simbólicas y prácticas: qué pueden comer, cuándo pueden hacerlo, si se les permite sentarse a la mesa o si deben consumir solamente sobras.

“La insatisfacción y la satisfacción laboral se describen muchas veces a través del lenguaje de la comida”, afirmó Bakić Hayden. En esos casos, la alimentación puede convertirse en una expresión de reconocimiento o de violencia cotidiana. Ser invitada a comer, poder elegir un alimento o comer con dignidad no son detalles menores: forman parte de la experiencia laboral.

Entre barrenderos y trabajadores de limpieza del espacio público aparece otro problema: la dependencia del entorno urbano. Muchas de estas personas comen en la calle, en fondas o en puestos cercanos a las zonas donde trabajan. Sin embargo, no siempre encuentran opciones accesibles, higiénicas o acordes con sus preferencias. Algunas expresan incomodidad al entrar a fondas por el uniforme que portan o por la mirada de otros comensales.

Los transportistas enfrentan una de las situaciones más complejas. Sus jornadas pueden extenderse entre 12 y 16 horas, muchas veces sin descanso fijo. Comen en la base, en la ruta, dentro del vehículo o de pie, según lo permita el flujo de pasajeros y el tiempo disponible. La comida se vuelve entonces un trámite apresurado, condicionado por el movimiento constante.

La desigualdad también está en el tiempo

Uno de los hallazgos transversales de la investigación es la falta de tiempo para comer. La palabra “apurarse” aparece de manera reiterada en los testimonios: apurarse para terminar una tarea, para no molestar al patrón, para regresar pronto a casa, para seguir manejando o para aprovechar el día de trabajo.

La falta de pausas no solo afecta la calidad nutricional de la alimentación. También incide en la experiencia subjetiva del comer. Comer rápido, comer solo o comer sin un lugar adecuado produce insatisfacción, cansancio y una sensación de pérdida de control sobre el propio cuerpo.

A ello se suman los traslados. En una ciudad marcada por la hipermovilidad, muchas personas trabajadoras salen muy temprano, regresan tarde y pasan varias horas diarias en transporte. Esto rompe los horarios tradicionales de desayuno, comida y cena, y dificulta la comensalidad familiar.

“Las jornadas laborales largas y los traslados extensos implican que las personas trabajadoras pasan la gran mayoría de su tiempo fuera del hogar y que sus rutinas laborales son importantes para la organización del comer”, sostuvo la investigadora.

El resultado es una especie de desfase alimentario: trabajadores que desayunan cuando otros duermen, comen cuando pueden, cenan muy tarde o solo logran compartir alimentos con su familia una vez por semana. Así, el trabajo no solo organiza la jornada laboral; también reorganiza la vida doméstica.

Comida callejera, fondas y redes de cuidado

La comida callejera y las fondas aparecen como infraestructuras esenciales para sostener la vida laboral urbana. Aunque suelen ser vistas desde discursos de riesgo, por la higiene, la grasa o el consumo de refrescos, para muchos trabajadores representan una de las pocas opciones reales para alimentarse durante la jornada.

Bakić Hayden llamó a mirar estos espacios con mayor complejidad. No se trata únicamente de puestos informales o comercios de paso, sino de redes que permiten que miles de personas trabajen, se desplacen y resuelvan sus necesidades alimentarias fuera de casa.

En varios casos, los trabajadores desarrollan relaciones de confianza con vendedoras, cocineras o personas que preparan alimentos en rutas, bases, esquinas y mercados. Esos vínculos pueden ofrecer algo más que comida: también brindan reconocimiento, conversación, familiaridad y cierto sentido de pertenencia.

La investigadora destacó además que son mujeres quienes sostienen gran parte de esta infraestructura alimentaria, dentro y fuera del hogar. Madres, esposas, abuelas, empleadoras, cocineras, vendedoras de café, encargadas de fondas y comerciantes callejeras hacen posible que muchos trabajadores coman durante su jornada.

“Las mujeres que venden en las calles, las cafeteras, son quienes realmente dan esa infraestructura que permite el ejercicio de los trabajos”, señaló.

Más allá del ingreso: comensalidad, agencia y dignidad

La investigación permite pensar la alimentación desde tres dimensiones que no siempre se miden: la comensalidad, la agencia y la dignidad.

La comensalidad se refiere a la posibilidad de comer con otros. Aunque muchas personas prefieren compartir la comida, numerosos trabajadores comen solos por las condiciones de su empleo. La agencia tiene que ver con la capacidad de decidir qué comer, cuándo hacerlo y en qué condiciones. La dignidad aparece cuando el acto de comer ocurre en un espacio respetado, sin discriminación, sin prisa excesiva y sin depender de sobras, permisos o miradas incómodas.

Por eso, repensar la alimentación desde los mundos laborales obliga a ampliar la conversación pública. No basta con hablar de calorías, precios o disponibilidad de alimentos. También hay que hablar de pausas laborales, informalidad, movilidad urbana, derechos, espacios públicos, fondas, comedores, discriminación y reconocimiento.

En palabras de Bakić Hayden, “una aproximación al comer a través del trabajo permite ver cómo las prácticas, experiencias y desigualdades alimentarias se producen no solamente en términos económicos, sino en el cruce de factores donde la informalidad, la autoexplotación laboral, la movilidad cotidiana y las desigualdades territoriales juegan un papel importante”.

Mirar cómo comen las personas mientras trabajan permite entender mejor la ciudad. Una ciudad donde alimentarse no siempre significa sentarse a la mesa, sino resolver el hambre entre rutas, obras, casas ajenas, banquetas, bases de transporte y jornadas que rara vez se detienen.

La pregunta, entonces, no es solo qué comemos. También es cuánto tiempo tenemos para hacerlo, quién nos acompaña, qué opciones nos ofrece el entorno y qué condiciones laborales hacen posible o imposible comer con dignidad.

Fuente: Revista UNAM Global